Cada mañana, desde hace seis años, los vecinos de Nerva contemplan una escena que ya forma parte del paisaje cotidiano del pueblo. Salvador pasea junto a Carla, una perra de agua portuguesa que recorre las calles sobre un pequeño carrito de dos ruedas fabricado por él mismo después de que un accidente la dejara sin movilidad en las patas traseras. Lo que para muchos es una imagen entrañable es, en realidad, el reflejo de una historia de amor, fidelidad y compromiso que invierte uno de los tópicos más conocidos: porque si siempre se ha dicho que el perro es el mejor amigo del hombre, esta vez es un hombre quien ha demostrado ser el mejor amigo de su perrita.
Carla llegó a la vida de Salvador hace diez años de la forma más inesperada. Él había viajado hasta Aracena para reparar una antigua máquina de coser, cuando una mujer portuguesa le mostró una camada de cachorros. Solo quedaba una pequeña perrita de apenas mes y medio. "Me dijeron que la iban a sacrificar. La cogí en brazos y me la traje conmigo. No me lo pensé dos veces", recuerda. Paradójicamente, aquella decisión llegó poco después de haber perdido a otro perro al que estaba muy unido y después de prometerse a sí mismo que no volvería a tener otro animal.
Aquella pequeña cachorrita terminó rompiendo todas sus resistencias. Salvador la alimentó con biberón, le calentaba la leche de madrugada y la acompañó en sus primeros pasos hasta convertirla en una compañera inseparable. "Íbamos juntos a todas partes. Hacíamos doce o trece kilómetros andando todos los días", recuerda mientras sonríe al verla descansar a su lado. Carla era una perra inquieta, incansable, apasionada del agua y de las largas caminatas por el campo. Su energía parecía inagotable.
Todo cambió un día de 2020. Durante uno de sus paseos habituales, un gato apareció de forma inesperada junto a un coche estacionado. Carla salió corriendo tras él y se golpeó violentamente contra la puerta del vehículo. La fractura de columna fue inmediata. "Cuando fui a cogerla quiso morderme del dolor. Ahí supe que era muy grave", explica Salvador. Tras una primera atención veterinaria fue trasladada de urgencia a una clínica especializada de Sevilla, donde fue intervenida quirúrgicamente. Las posibilidades de que volviera a caminar eran muy reducidas y, durante varios días, incluso su vida llegó a correr serio peligro.
Aquellos fueron los momentos más difíciles. Además de asumir que Carla no volvería a utilizar sus patas traseras, Salvador tuvo que aprender, junto a su mujer, una rutina completamente nueva de cuidados. Vaciar manualmente la vejiga, cambiar pañales, mantener una higiene constante o ayudarla en cada uno de sus movimientos pasó a formar parte de su día a día. "Fue muy duro. No sabíamos cómo hacerlo, pero aprendimos poco a poco gracias a los veterinarios", recuerda. A pesar de las dificultades, nunca contempló la posibilidad de sacrificarla, una opción que algunos llegaron a plantearle. Su respuesta fue tan contundente como sencilla: "Si tú tienes un accidente, ¿qué pasa? ¿Hay que matarte?".
Cuando rendirse nunca fue una opción
Convencido de que Carla seguía teniendo ganas de vivir, Salvador se propuso devolverle la movilidad de la única forma posible. Primero consiguió un carrito fabricado por otra persona, pero apenas duró unos días. No respondía a las necesidades de la perra. Fue entonces cuando decidió construir uno él mismo. Estudió modelos por internet, desmontó un andador para personas mayores, tomó medidas del cuerpo de Carla y diseñó un sistema completamente adaptado a ella. Desde entonces no ha dejado de perfeccionarlo. Amplía la estructura cuando detecta una rozadura, modifica la sujeción para proteger la cadera o incorpora pequeñas mejoras para facilitar incluso que pueda hacer sus necesidades durante los paseos. "Siempre estoy pensando cómo hacer que vaya más cómoda", explica.
Lejos de convertirse en un obstáculo, el carrito le devolvió a Carla una parte importante de su vida. Hoy sigue disfrutando de los paseos y juegos, se lanza al agua con ayuda de un flotador y continúa mostrando el mismo entusiasmo de siempre. "Si no fuera por las patas, cualquiera diría que tiene algún problema", comenta Salvador. Basta verla caminar para comprender por qué rechaza con firmeza la palabra que más escucha cuando la gente se cruza con ellos. "Muchos me dicen: '¡Qué pena!'. Y yo siempre les respondo lo mismo: pena no. Ella es feliz."
Quizá esa frase resuma mejor que ninguna otra la filosofía con la que Salvador ha afrontado estos seis años. Nunca habla de sacrificio. Nunca se presenta como un héroe. Habla de Carla como quien habla de un miembro más de su familia. Explica con absoluta naturalidad que ya casi no puede irse de vacaciones porque necesita sus cuidados diarios, que limpia su cama, que la lleva a la peluquería, que adapta continuamente el carrito o que sigue buscando nuevas soluciones para mejorar su calidad de vida. Lo cuenta sin buscar reconocimiento alguno, convencido de que simplemente está haciendo lo que considera correcto.
El cariño que ambos se profesan resulta evidente en cada gesto. Carla no se separa de él, lo sigue con la mirada y parece entender cada palabra que le dirige. Salvador, por su parte, reconoce que ella también ha cambiado su forma de ver la vida. "¿Sabes cómo me recompensa? Que está aquí. Que está viva", responde emocionado. Por eso, cuando algunos vecinos le dicen que merece un premio por todo lo que hace por su perra, vuelve a sorprender con una respuesta que nace desde la humildad: "El premio no me lo tienen que dar a mí. El premio lo tengo aquí."
Después de conocer su historia, uno deja de ver una perra con discapacidad. Empieza a ver a dos compañeros que se prometieron, sin necesidad de palabras, seguir recorriendo juntos el camino mientras les quedaran fuerzas. Quizá por eso Salvador resume toda una vida compartida con una sencilla frase repleta de amor: "Yo la quiero... y con que ella sea feliz, tengo bastante."
Al final, el pequeño carrito que cada día recorre las calles de Nerva no solo sostiene el cuerpo de Carla. También simboliza algo mucho más grande: la certeza de que el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la manera de seguir adelante.